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En Venezuela el fervor por la Virgen de Coromoto es tradición


A pesar de que Venezuela aún se considera una nación con una población eminentemente católica, existen creencias que van más allá de los preceptos establecidos por la iglesia y que, en cambio, forman parte de la identidad de un pueblo más por su historia y costumbres que por su nexo con la institución eclesiástica.


La veneración a la Virgen de Coromoto es una de esas costumbres que aún hoy, luego de más de 300 años, se mantiene, más por cuestiones identitarias, que por su peso religioso institucional. Sin embargo, este último no desaparece, sino que a él se le suman estas nuevas formas de fervor.

A esta advocación de María se le comienza a rendir tributo en el país luego de haberse esparcido la leyenda de sus apariciones, que en muchos detalles coinciden con otra historia ocurrida más de un siglo antes: el de la Virgen de Guadalupe, en México.

Se trata de relatos en los que las vírgenes, convenientemente, se le aparecen a indígenas para pedirles por el bautizo de su pueblo y la sumisión al poder español.

Cuenta la historia que un 8 de septiembre de 1652, apareció por segunda vez ante el Cacique de los indios Coromoto, la imagen de una hermosa mujer, que a la postre fue bautizada como Nuestra Señora de Coromoto.

El hecho, que dicen ocurrió en Guanare, estuvo precedido por una aparición previa al mismo Cacique en ese mismo año, cuando, cruzando el río con su pareja, vio a una forastera que les indicó que debían ir al pueblo para pedirle a los blancos (españoles) que les echaran agua en la cabeza, como símbolo del bautismo, y que con ello conseguirían ir al cielo.

El Cacique narró lo ocurrido a un español llamado Juan Sánchez y este le ofreció reunir a su gente en ocho días para evangelizarlos y luego bautizarles. Y así lo hizo, pero el Indio Coromoto no aceptó y decidió huir a la selva donde no tenía que obedecer a otros.

Eso bastó para que aquel 8 de septiembre la Virgen apareciera de nuevo, esta vez en el umbral del bohío en el que habitaban Coromoto y su familia. Molesto, el jefe indígena tomó su flecha y se abalanzó sobre la mujer, que sin miedo se le acercó haciendo que este soltara su flecha e intentara empujarle. Sin embargo la imagen desapareció en ese instante y Coromoto pensó tenerla atrapada en una de sus manos. Al abrirla, resultó ser la imagen de la mujer, grabada en un pergamino de 2,5 centímetros de alto por 2 centímetros de ancho.

El relato prosigue, y cuenta que a pesar de esto el indio huyó a la selva y allí fue mordido por una serpiente venenosa. Fue llevado a la ciudad donde moribundo pidió ser bautizado. Cuentan que se convirtió en apóstol y logró que su pueblo conformara una comunidad de fieles. Años más tarde, y de causas naturales, murió con el nombre de Ángel Custodio.

La diminuta imagen que dicen que Coromoto tuvo entre sus manos fue llevada a la iglesia de Guanare en 1654 y allí permaneció hasta 1987 cuando se colocó en el pedestal de la Virgen hecha en madera que hoy reposa en la Basílica Menor Santuario Nacional de Nuestra Señora de Coromoto, que fue construida en el lugar de la segunda aparición e inaugurada por el propio Papa Juan Pablo II en 1996.

El fervor por la Virgen llanera ha sido una creencia de larga data que ha movilizado a millones de creyentes a lo largo de décadas y que tiene su asidero en el catolisismo.

Sin embargo, la creencia, más que apoyo a cierta religión, se ha convertido en una manifestación de fe que forma parte de una tradición popular, quizá por haber sido nombrada esta advocación mariana como Patrona de Venezuela en 1994 por el Papa Pio XII.

Su conoración canónica tuvo lugar el 11 de septiembre  de 1952, razón por la cual su fiesta se celebra cada año en esta fecha.

AVN